Se murió la Loli, me dijo en una llamada de teléfono.
Loli, diminutivo de Dolores, fue lo que en la juventud llamábamos a una de esas personas que deseamos poder atraer y presumir entrando en cualquier lugar público del brazo. Ahora le diríamos cool.

Una muchacha así, de las que para describir se necesita saber el lenguaje de un poeta y la destreza de un atleta para moverse a su paso.
Cualidades que no todos poseemos a los 16 o 17 años. En resumen, un amor platónico de finales de los 80 o principios de los 90.

Con el paso de los años, y porque el destino no nos tenía en sus planes, nuestra amistad se fue diluyendo al punto de no saber mucho de ella ni de lo que hacía con su vida. Yo emigré, y mucho tiempo después supe que ella también viajó rumbo al norte.

Pasarían 20 o 25 años hasta que, en una llamada con mi madre, salieron a la luz muchos detalles de su vida y lo que fue de Lolita; así le decía yo.
Mi madre y ella eran comadres por asuntos de familia y otras cosas que nunca supe, pero recuerdo que fue madrina de confirmación de mi hermana menor.

Supe, por mi madre, que se casó con aquel amigo que me platicaba que le gustaba, mientras a mí se me caía la vida por ella… Sí, es una de esas historias de noviazgos inventados, de pura imaginación. Platónico o de fantasía, como se le quiera llamar.

Lo que no sabía yo, y me causó admiración, fue enterarme de lo mal que le fue en el área del amor. Después de todo, ella no era una chica cualquiera. Eso no debería pasarles a mujeres como ella: seguras de sí mismas, con ambición y mucho que ofrecer. Inteligente, hermosa, sociable… todas esas características que, se supone, te elevan a un nivel para escoger tu mejor destino. O al menos así lo decía ella.

Con todo y eso siguió adelante, pero tuvo dos matrimonios fallidos y vivía sola después de dos divorcios. Y más.

Pero eso no puede ser todo lo que define una vida así, ¿verdad? Yo prefiero recordarla como era de joven, hasta donde me lo permitan mis recuerdos. Quiero pensar que más allá de lo que sé, logró sus deseos, alcanzó sus metas y, sobre todo, que fue feliz.

Ahora ya no está en este mundo… Su vida fue cortada por un paro cardiaco. Su historia quedó incompleta ante mis ojos, que nunca más la volverán a ver.
Busco en mi mente los mejores recuerdos de ella y de esa época infantil, ingenua y llena de sueños e ilusiones que nos llevaron por diferentes caminos.

Y al final me enseñó que debemos gozar de cada minuto que vivimos, porque la vida no es garantía de felicidad absoluta, sin importar las condiciones en las que nos encontremos.
No dejemos para mañana lo que tengamos que hacer o decir hoy a nuestros seres queridos, a un amor platónico o al que tenemos en el presente. No hay mejor momento para vivir que el ahora.

Este es mi humilde adiós, mi forma de homenajear la memoria de alguien que en su momento significó todo un mundo para mí.
Adiós, Lolita.

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