Hoy, camino al trabajo, presencié una escena que me recordó la fragilidad del ser humano y, al mismo tiempo, su capacidad de resiliencia. Personas que sobreviven recolectando materiales reciclables en plena calle, en un país que presume cifras millonarias en sus indicadores económicos.

La imagen me trasladó a mi infancia en un país en vías de desarrollo, donde cientos de personas subsistían buscando entre la basura del depósito municipal. Aquellos escenarios, más cercanos a una película apocalíptica que a la vida cotidiana, parecían propios de contextos de pobreza estructural. Sin embargo, verlos repetirse en territorios considerados del “primer mundo” genera asombro, incredulidad y muchas preguntas.

Como emigrante, siempre me he cuestionado qué factores explican que unas economías crezcan más que otras. No pretendo dar respuestas técnicas —este no es un análisis macroeconómico—, sino una reflexión: ¿qué papel juega el ser humano en las estadísticas?

Se suele hablar del impacto económico de la migración, de sus costos y beneficios, pero rara vez se coloca al centro a quienes sostienen, con su trabajo informal y su esfuerzo diario, parte del engranaje social. Si los habitantes de un país forman parte esencial de su avance económico, también lo son en el retroceso: cuando una economía se estanca o decae, las consecuencias se sienten en la calle, en los índices de desempleo, en el aumento de la población sin vivienda digna o en quienes se ven obligados a sobrevivir del reciclaje.

Detrás de cada dato hay una historia humana. Quienes levantan casas improvisadas en zonas industriales, quienes buscan en la basura materiales que otros desechan, quienes se aferran a cualquier oportunidad para mejorar sus vidas, nos muestran que la dignidad humana sigue siendo un motor, incluso en medio de la adversidad.

Y ahí surge la pregunta de fondo: ¿quién está fallando? ¿Las personas, que buscan sobrevivir con lo poco que tienen, o un sistema económico que no logra ofrecer empleo, vivienda ni oportunidades para todos? La respuesta, aunque incómoda, señala más hacia lo segundo. Porque ninguna sociedad puede considerarse plenamente desarrollada mientras parte de su población vive fragmentada, al margen de las promesas del progreso.

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