Recuerdo el día en que escuché la noticia: el presidente Bukele anunciaba que bitcoin sería moneda de curso legal en el país. Era septiembre de 2021. Me sentí muy orgulloso en ese momento histórico —después de años sin buenas noticias para la tierra que me vio nacer.
No puedo expresar con palabras la mezcla de sentimientos que llenaban mi mente, mi espíritu y mi corazón; si tuviera que resumirlos en una sola frase sería: admiración y orgullo. Si usted no conoce la historia reciente de El Salvador, un pequeño país de Centroamérica, no entenderá la magnitud y el paso gigantesco que representó ese cambio en una historia teñida de sangre y con una reputación política, de seguridad y económica muy deteriorada.
Ese paso fue un salto hacia el futuro y una estrategia de desarrollo que, en ese momento, resultaba casi imposible de comprender para el salvadoreño común. Se trataba de una ideología nueva, un estado de euforia que solo sentimos quienes entendíamos lo que aquello representaba. Fue esa euforia la que nos cegó de alegría y orgullo, impidiéndonos ver la cruda y cruel realidad.
Ese sueño no duró mucho: los poderes de siempre no permitirían que creciera semejante árbol de libertad y soberanía. ¿Qué pensábamos? ¿Que sería tan fácil liberarnos del proverbial yugo del imperio que todo lo controla y todo lo observa? La manotada para calmar al hijo revoltoso que se atreve a revelarse al padre llegó —como siempre llega— más temprano que tarde, en la forma y con la medida que suele funcionar en estos casos.
El mensaje fue claro y condicionante: “Si no te comportas y haces lo que te decimos, el castigo será peor y habrá consecuencias serias.” En este caso llegó también la presión: “Cambia esa ley o no habrá préstamos ni ayuda de ningún tipo para tus planes de desarrollo”, dijo el representante de la autoridad.
Con dolor en el pecho y un vacío en el estómago, parte de ese sueño se revirtió y el país fue obligado a entrar en línea. Pero aun con lo poco que duró ese sueño, la semilla ya está sembrada. Ese árbol de libertad y soberanía echó raíz; aunque pequeño, está ahí, esperando crecer y convertirse en una sombra tan amplia que algún día cubrirá la región entera. Cobijados por esa sombra, más personas vendrán a buscar resguardo y verán la grandeza que representa para la humanidad.
Por ahora, debemos proteger ese brote para que nadie lo arranque ni lo sustituya por algo menos valioso. Es tarea de todos regar esa raíz para que siga creciendo y se expanda hasta ser imposible de ignorar, olvidar o negar.


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